¿Qué pasaría si le dieran un lápiz a un desequilibrado mental?

sábado, 17 de noviembre de 2012

Las señoras no eran esbirros, pero ellas sabían el final.


Cuando los dos policías llegaron al cementerio casi todos se habían ido, sólo había una persona que bailaba moviendo los brazos en todas las direcciones. El cuerpo ya había sido sepultado y rezado, aunque sin querer se habían dejado una mano detrás que hacía un corte de manga.
- ¿Quién es usted? – preguntó furioso uno de los policías.
- ¿Habla usted mi idioma?  - insistió el otro al ver que aquel hombre seguía bailando sin inmutarse.
- Este tío está sordo.
- Veras como ahora responde. – dijo mientras sacaba una pistola y le pegaba un disparo en el entrecejo - ¿Has visto?
- ¿Por qué le has disparado?
- Bueno, volvamos a lo nuestro… Debemos abrir la lápida, quizás eso esclarezca cosas sobre el caso.
- Pero si lo acaban de enterrar.
- ¿Quién es aquí el comandante?
- Querrá decir comisario…
- Quiero decir lo que me sale de mis cojones, así que a cavar, Rodríguez.
- Vale, pero no se enfurezca.
El delgaducho policía comenzó a cavar, y fue después de media hora cuando el comisario lo interrumpió.
- ¡Mira que eres inútil! ¿No ves que son nichos?
- Pero si ha sido usted el que…
- A callar y a picar, venga.
Con martillo y cincel comenzó a romper el nicho al que todavía no le habían puesto una lápida decente. No pasó mucho tiempo cuando se empezó a ver la madera del ataúd. El policía, obligado por el comisario, tuvo que arrastrar la caja, después de colocar el montacargas preparado para subirlas. El comisario se subió a las escaleras del montacargas y asomó la cabeza para ver el interior de la caja que acababa de abrir su subordinado.
- ¿Lo ve? – indicó el comisario - Pusieron su cadáver haciendo que sus rodillas tocaran sus orejas. Una posición severamente ridícula.
- ¿Y todo para qué, señor?
- ¿Pues para que va a ser? Como motivo de burla, o mejor dicho, de…
- ¿Humillación?
- Si, - contestó a la vez que le propinaba un cogotazo – pero no me interrumpas.
- Aquí no hay nada.
- ¿Te parece poco que lo hayan querido humillar?
- ¿Qué es esto? – preguntó el policía al ver un hilo que se introducía en uno de los bolsillos de la chaqueta y que salía del ataúd perdiéndose a lo lejos.
- Vamos a seguirlo.
Los dos siguieron aquella extraña cuerda que llegaba hasta el otro rincón del cementerio, encontrándose por el camino varios mejillones con plumas atados al cordón. El otro extremo se situaba en el bolsillo de un señor muerto que yacía en el suelo, el cual vestía sólo con una chaqueta de lentejuelas azules; éste sostenía unas cartulinas. Al alongarse los dos el cadáver, éste abrió los ojos y señalándolos dijo:
- La primera pregunta: ¿Cuántas levitas aparecieron en la obra representada de Enrique Gaspar?
- 3
- Correcto.
- Segunda pregunta: ¿Cuántos desmayos tuvieron sentido para la trama o línea argumental?
- Dos.
- Incorrecto. La respuesta era ninguna, ya que extrañamente no hubo ninguno.
- Esa me la sabía yo señor.
- Cállate, porque te arreo.
- Última pregunta y ya la decisiva. Ponemos en juego la tarjeta con la pista que les llevará a descubrir al asesino y un fin de semana romántico para dos personas en la Costa brava. Vamos, ¿Están preparados?
- Si, si.
- Tercera y última pregunta: Si los calamares rebozados escupen albóndigas de tuercas, ¿cómo será una almendra voladora que huyó sin conocer a sus padres y que además llevaba un Cristo con cuernos en su corazón?
- Alargada y con puntas de navaja en los extremos.
- Incorrecto; la respuesta correcta sería “Alargada y con puntas de navaja en el centro”.
- Esa también la sabía, señor.
- ¡Qué te calles! – exclamó el comisario dándole una colleja que resonó en todo el cementerio.
- No se preocupen queridos participantes, si abonan su ropa, les daré otra oportunidad.
- ¿Nos arriesgamos, señor?
- Pues claro, inútil. Venga, comienza a desnudarte.
- Vamos allá, pregunta extra: ¿Cómo se tituló la primera novela de escritor asesinado?
- Época de ventilación (Espacio de imitaciones).
- Correcto. Aquí tienen el vale para un fin de semana romántico para dos personas en la costa brava. Espero que se lo hayan pasado bien, y a ustedes queridos espectadores, los espero en el próximo asesinato.
- ¡Oiga! Señor, se olvida de la pista.
- Que despiste, aquí la tienen. – dijo el presentador muerto al meterse dos dedos en el ano, de dónde sacaba un papelito lentamente.
- ¿Qué es esto? – preguntó el comisario.
- Parece una dirección.
- Ya lo sé, imbécil. Seguro que es la dirección del asesino, vayamos sin demora. ¡Vamos al Cop-movil!
- ¿…al qué?
- Al coche patrulla quería decir.
Policía y comisario corrieron hacia la salida del cementerio, mientras tarareaban una animosa canción. Iban completamente desnudos, excepto el comisario que había conseguido salvar su placa y que llevaba clavada con un imperdible en el pezón izquierdo.
Al salir del campo santo, unas viejas viendo semejante cuadro, gritaron espantadas y les comenzaron a propinar bastonazos; sin embargo ellos no pararon de correr y tararear hasta que llegaron al coche patrulla. Una de las viejas saltó encima del capó justo cuando arrancaron el coche, pero con un astuto derrape se libraron de ella.
Las otras viejas seguían corriendo detrás con gran esfuerzo y alzando unos bastonazos. Una de ellas pegó un salto y seguidamente escucharon un estruendo en el techo del coche, que se aboyó con la forma de unos pies. En ningún momento dejaron de tararear, ni siquiera cuando vieron como las otras viejas se enganchaban a la parte trasera del coche con sus bastones. El comisario comenzó a maniobrar, dando frenazos, derrapes y conduciendo a gran velocidad, pero las señoras hacían gestos obscenos y enseñaban unos dentaduras postizas amarillas.
Al subordinado no le quedó otro remedio que sacar medio cuerpo por la ventanilla y comenzar a disparar. La que estaba en el techo comenzó a mirarlo desafiante enseñándole los dientes sucios y echándole un vaho putrefacto, pero él, sin dilación sostuvo el revólver y le pegó un tiro entre las cejas. Al mirar hacia atrás vio como una de las viejas se estaba subiendo al maletero, rápidamente con un disparo que le dio en el brazo, la dejó aturdida y dolorida, provocando su caída en la carretera, haciendo que comenzara a rodar. Sólo quedaba una que seguía enganchada al guardafangos del coche y que se movía en las curvas de un lado hacia otro. Intentó dispararle en la cabeza, pero todos los disparos fueron fallidos, así que optó por dispararle al bastón, rompiéndolo y provocando que la señora también cayera a la carretera, librándose así por fin de la última.

sábado, 3 de noviembre de 2012

La última procesión de la virgen de la cucaracha


Avanzaba en un crujir
de correas, pistones
y engranajes;
a su paso
los niños de caras encordadas
pedían su ración
de tierra.
Movía sus antenas
como una construcción continua
de chalanas
llenas de túneles,
erizos y coronas.
Bajo su manto,
cosido con las pieles de las viejas,
adornado con dientes,
se esconden los secretos
que pueden ocultar
las escamas, las cornetas
y el cilantro.
Continúa su camino,
acicalada, recién
salida de los escondrijos
más húmedos, más oscuros,
acompañada de los fieles
que lamían el licor
que dejaba como un rastro tras de sí.
Si tuviera alas,
si le crecieran alas,
en su morena espalda,
unas alas angulosas,
saldría volando;
orinaría a todos desde el cielo,
pero no podía
por eso seguía su camino hacia el mar.
Se hundía en ella,
se fundía con ella
para no volver jamás.

sábado, 27 de octubre de 2012

Un final conocido por las tripas huidizas.


Todo apuntaba a un continuo desdentarse durante el despunte del día, pero tú me acusaste únicamente porque ellos aporrearon a tu madre.
Es por eso que deseo matarte.

Sin embargo, tanto tú como yo, sabíamos que era una impostora, una ventosa solidificada en un soliloquio político.
Es por eso que deseo matarme.

Sólo te puse como condición venir orinada, y viniste deshilachada, con el estómago como una bolsa abierta de cebollas.
Es por eso que deseo matarte.

Me hice y me deshice el sexo al verte como una mariposa muerta, como una legumbre viva, como calzoncillo carnívoro, como un zapato inyectado…
Es por eso que deseo matarme.

Conoces que igual que yo perdiste la ruta, olvidaste llevarte la puerta al salir o simplemente tirar de la cadena para que múltiples piernas se fueran por el desagüe. 
Es por eso que deseo matarte.

sábado, 20 de octubre de 2012

Yo lo preveía

Una cena mal planeada, así comenzó todo. A pesar de que el programa del banquete contaba con castillos hinchables, maquilladores que pintarían las caras de los invitados, imitando a sus personajes fantásticos preferidos, momento karaoke, entre otras actividades, nada salió como se esperaba en un principio.
A parte de olvidar contratar al payaso y al mago, la reunión que había organizado el conocido pintor italoespañol Federico Federigi había terminado con la muerte de Enrique Alcabia, siendo asesinado por una puñalada en la espalda mientras soltaba su discurso sobre su último libro, titulado Diario de un vendedor de ropa usada.
Nadie supo quien había sido el autor de dicha muerte, y por si fuera poco, todos retenían aun la última frase del asesinado:
 - ¡Qué alguien quite el pollo del horno! – para después caer desplomado, no sin antes realizar una pirueta de danza clásica.
A modo de ofrenda, muchos que pasaron por allí vomitaron, orinaron y defecaron encima del cadáver. Algunos amigos, comenzaron a masturbarse, pero la policía interrumpió sus actos onanísticos para intentar investigar quien había sido el autor de dicho estropicio.
Al entrar la policía en el restaurante todos intentaron disimular cogiendo el cadáver y realizando un truco de ventriloquía, haciendo parecer que seguía vivo.
- ¿Qué tal, señores policías? – le hicieron decir.
Todo parecía salir bien, pero los gusanos delataron pronto la farsa. Muchos intentaron, sin demasiado éxito, convencer a los guardias del orden que en realidad estaba durmiendo debido a la cantidad de droga que había consumido.
Pasados unos minutos llegó la ambulancia, cuando vieron que se trataba de un muerto se volvieron a ir con la escusa de que ya no tenía remedio. A la policía, después de lanzar merchandising entre los invitados, no le quedó otro remedio que llevarse el cadáver; el cual fue sustituido por una vaca con una equis en el lomo debido a temas del decoro.
A pesar de que la fiesta continuó, y todos estaban ilusionados por sus placas de juguete, sus camisas, sus gorras, sus porras y sus penes de plástico de la marca COPS, nada fue como antes. La gente bailaba a desgana, moviendo el cuerpo al ritmo de la música, pero con el rostro cabizbajo. Enrique Alcabia había estropeado la fabulosa fiesta, y por ello todos se acordaban de su pobre madre, que ahora lloraba la muerte de su hijo sin saber que había muerto.
En la comisaría todos se sacaron fotos con el muerto, al principio era divertido tenerlo por allí, pues le hacían peinados estrafalarios, le bajaban los pantalones, le tiraban de los calzoncillos por detrás, lo ponían de cúbito supino… y él nunca se quejaba. Pero pronto comenzó a oler mal, y le pasaron el cadáver a la benemérita para que decidiera que hacer con él, después de sacarse fotos y hacerle alguna que otra perrería, lo devolvieron a la comisaría. Éstos se volvieron a fotografiar con el cuerpo, que ya estaba empezando a descomponerse, y lo iban a devolver a la guardia civil, cuando uno de los policías tuvo una idea genial. No lo dijo, ni siquiera después de las diferentes torturas que le impusieron sus amigos.
Sin embargo, a otro guardia de la ley se le ocurrió otra brillante idea. Entre varios policías cogieron el cuerpo y se dirigieron a una funeraria, allí tocaron el timbre y salieron corriendo. La funeraria decidió enterrarlo, no sin antes realizar una sesión fotográfica con toda la plantilla, destinada a un calendario de desnudos para sacar fondos para un viaje.
El entierro de Enrique Alcabia fue un entierro multitudinario, vino gente de todas las partes del mundo. A pesar de que Federico Federigi quería organizarlo, nadie le dejó por miedo a que hubiera otra muerte. Esta vez si se contrató a un payaso que hacía las funciones de mago; además de una orquesta, se resucitó para la ocasión a Enrique Gaspar que dirigió una de sus mejores obras de teatro, La levita. La gente aplaudía durante toda la obra, a pesar de que no escuchase nada, porque aquello era humor fino y teatro exquisito.
Al ver a Enrique Alcabia desnudo y lleno de almendras clavadas con imperdibles, sentado en una columna jónica, su madre comprendió porque había llorado tanto. Toda su familia se enteró en ese momento que Enrique Alcabia había muerto y todos lloraron al ritmo del pasodoble que tocaba la orquesta contratada.
Los familiares del difunto que no se esperaban la muerte, tuvieron rápidamente que pensar en una forma de convidar a todos los asistentes al entierro; así que lanzaron kilos y kilos de aceitunas de todas las clases. Al no tener nada que ofrecer para beber, repartieron el agua de las aceitunas en vasos de llaves. Poco a poco, la gente, que ya estaba comida y bebida se fue marchando bailando la conga, algunos rezagados se quedaron detrás manteando el cuerpo sin vida, pero no tardaron en cansarse y acabaron marchándose a sus casas.

sábado, 6 de octubre de 2012

Letanía de los muertos no enterrados


¿Cementerio?
aquí no hay cementerio,
cementerio;
los muertos se van a la mal
por los huesos
insultaban,
insultaban,
insultaban,
insultaban,
aunque alguien quisiera
callarlos.

Era el instrumento hecho de costillas,
acompañado por gritos ahogados,
mientras las tripas,
se zambullían,
las vísceras
saltaban haciendo complicadas piruetas,
los pellejos
se deslizaban sobre la espuma.

¿Cementerio?
aquí no hay cementerio,
cementerio
los muertos se van a la mar
porque los huesos
flotaban,
flotaban,
flotaban,
flotaban,
aunque las señoras gritaran
a la hora de comer.

Era el instrumento hecho de costillas,
acompañado por gritos ahogados,
mientras las uñas
bailaban con escamas confusas,
los ojos
se arañaban en las rocas,
los dientes 
tocaban fondo.

…y es que aquí no hay cementerio,
la mar, simplemente, se traga
lo que es suyo.