sábado, 26 de marzo de 2011
sábado, 19 de marzo de 2011
Reflejos celestes de calabaza
Pintaré de dientes con cabezas
las sonrisas de nubes ribeteadas,
como atormento
la mirada de cenefas.
Todo quiere mi bien, pero
todo quiere mi mal.
Las venas de mitad congelada
que no dejan romper en puños,
querré morderlas
con los pensamientos que enturbio.
Todo quiere mi bien, pero
todo quiere mi mal.
Vuelo, no sé si planeando o cayendo,
colgado todavía en las cutículas,
con la sed de ellas, comprobando la elasticidad
de mis aguas vaporadas.
Todo quiere mi bien, pero
todo quiere mi mal.
las sonrisas de nubes ribeteadas,
como atormento
la mirada de cenefas.
Todo quiere mi bien, pero
todo quiere mi mal.
Las venas de mitad congelada
que no dejan romper en puños,
querré morderlas
con los pensamientos que enturbio.
Todo quiere mi bien, pero
todo quiere mi mal.
Vuelo, no sé si planeando o cayendo,
colgado todavía en las cutículas,
con la sed de ellas, comprobando la elasticidad
de mis aguas vaporadas.
Todo quiere mi bien, pero
todo quiere mi mal.
sábado, 12 de marzo de 2011
Clavos de botella verde
No comeré carne de semihumanos
a quien unos reyes
le han traído una caja con trucos de magia.
Harina afeitada
y heridas fermentadas.
Vomité todas las cruces tragadas
que intentaban convertir arena en nubes;
cada grano se reveló
provocando los silbidos de mis poros.
Harina afeitada
y heridas fermentadas.
Mis bocas no observan atentas
el espectáculo de disfraces
como efecto de luces purpureas
que ciegan las calvas arrodilladas.
Harina afeitada
y heridas fermentadas.
Provocaron los clavos
un baile en los huesos,
como el malabarismo de tablas
que entierran los enchufes de los últimos quicios
ya perdidos en los horizontes rúbricos.
a quien unos reyes
le han traído una caja con trucos de magia.
Harina afeitada
y heridas fermentadas.
Vomité todas las cruces tragadas
que intentaban convertir arena en nubes;
cada grano se reveló
provocando los silbidos de mis poros.
Harina afeitada
y heridas fermentadas.
Mis bocas no observan atentas
el espectáculo de disfraces
como efecto de luces purpureas
que ciegan las calvas arrodilladas.
Harina afeitada
y heridas fermentadas.
Provocaron los clavos
un baile en los huesos,
como el malabarismo de tablas
que entierran los enchufes de los últimos quicios
ya perdidos en los horizontes rúbricos.
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poesía,
rugido de sobaco sin domesticar
sábado, 5 de marzo de 2011
El chaval que cambió el mundo (Segunda Parte)
Después de la muerte de Rovento Enalba Acorín se celebró el entierro. Sus padres intentaron que fuera una ceremonia lo más privada posible, pero acabó siendo un funeral multitudinario. En su ataúd sólo se colocó la uña del pie mordisqueada que dejaron de él, acompañada de varios ladrillos que representaban su cuerpo, ya que no consiguieron que los ladrones devolvieran los miembros robados. Muchos de estos miembros eran vendidos en el mercado negro por cifras de dinero astronómicas, que sus padres no pudieron pagar.
Aparecieron muchos más devotos que adoraban al chaval que hablaba tan bien. La gente se lamentó no haber asistido a la celebración que ya se había convertido en legendaria. Se confeccionaron camisas con su cara acompañada de frases emotivas, también tazas, almohadas y retretes que se vendían por docenas. Por otra parte se escribían libros con su historia y su biografía, se opinaba en otros acerca del muchacho y el fervor que había causado, se redactaban además distintas interpretaciones de las escasas palabras que dedicó a sus seguidores.
Mientras tanto, un grupo de adeptos construyó un templo en su nombre, donde colocaron una réplica de su cuerpo en posición de cúbito supino para adorarla. Se construyeron más templos a lo largo y ancho del mundo. Fueron muchos los que decidieron hacer votos para convertirse en electromonjas y magnetocuras de dichos edificios sagrados. Cada aniversario del cumpleaños quedaban todos para lamentar su muerte, y se representaban sus últimas frases ante multitud de personas.
Años más tarde se decidió por unanimidad perseguir a los asesinos de Rovento, con el motivo de conseguir las piezas robadas de su cuerpo. Muchos confesaron su crimen y fueron juzgados de manera violenta, condenados a bailar hasta que sus corazones explotaran, otros eran obligados a alimentarse de heces eternamente, mientras que otros directamente eran insultados hasta que finalmente caían en depresiones monumentales. Se llevó a cabo una persecución sangrienta, que se cobró la vida de miles de personas. A pesar de la temible pesquisa sólo se consiguió la mitad del cuerpo.
Dentro del grupo de fanáticos apareció otro grupúsculo que rechazaba estos actos, y comenzaron a reprocharles esta forma de actuar tan destructiva. Se dividieron del otro grupo y formaron su propia secta, donde adoraban al ya considerado Chaval de manera pacífica. Pronto aparecieron más divisiones que veían otras formas las cuales creían mejores para seguir la senda trazada por el muchacho. Y fue así como un día un chico normal y como todos los demás se convirtió en el chaval que cambió el mundo.
Aparecieron muchos más devotos que adoraban al chaval que hablaba tan bien. La gente se lamentó no haber asistido a la celebración que ya se había convertido en legendaria. Se confeccionaron camisas con su cara acompañada de frases emotivas, también tazas, almohadas y retretes que se vendían por docenas. Por otra parte se escribían libros con su historia y su biografía, se opinaba en otros acerca del muchacho y el fervor que había causado, se redactaban además distintas interpretaciones de las escasas palabras que dedicó a sus seguidores.
Mientras tanto, un grupo de adeptos construyó un templo en su nombre, donde colocaron una réplica de su cuerpo en posición de cúbito supino para adorarla. Se construyeron más templos a lo largo y ancho del mundo. Fueron muchos los que decidieron hacer votos para convertirse en electromonjas y magnetocuras de dichos edificios sagrados. Cada aniversario del cumpleaños quedaban todos para lamentar su muerte, y se representaban sus últimas frases ante multitud de personas.
Años más tarde se decidió por unanimidad perseguir a los asesinos de Rovento, con el motivo de conseguir las piezas robadas de su cuerpo. Muchos confesaron su crimen y fueron juzgados de manera violenta, condenados a bailar hasta que sus corazones explotaran, otros eran obligados a alimentarse de heces eternamente, mientras que otros directamente eran insultados hasta que finalmente caían en depresiones monumentales. Se llevó a cabo una persecución sangrienta, que se cobró la vida de miles de personas. A pesar de la temible pesquisa sólo se consiguió la mitad del cuerpo.
Dentro del grupo de fanáticos apareció otro grupúsculo que rechazaba estos actos, y comenzaron a reprocharles esta forma de actuar tan destructiva. Se dividieron del otro grupo y formaron su propia secta, donde adoraban al ya considerado Chaval de manera pacífica. Pronto aparecieron más divisiones que veían otras formas las cuales creían mejores para seguir la senda trazada por el muchacho. Y fue así como un día un chico normal y como todos los demás se convirtió en el chaval que cambió el mundo.
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relatos breves escritos en tinta de orina
sábado, 26 de febrero de 2011
El chaval que cambió el mundo (Primera parte)
Nuestro querido protagonista de este relato era un muchacho normal en todo lo posible, a quien sus padres desde el primer momento en que nació lo llamaron Rovento Enalba Acorín. Tuvo una infancia normal, igual a la de los demás niños de su edad, corría, jugaba y a veces se tropezaba dentro de su propia vida.
El día de su décimo octavo cumpleaños celebró una fiesta para invitar a sus amigos más cercanos. Cual fue su sorpresa cuando vio que la noticia de que festejaba el aniversario de su nacimiento corrió como la pólvora, ya no sólo en su pequeño pueblo, si no en todo el país. Asistieron a su cumpleaños miles de personas, algunos no sabían ni siquiera que se celebraba.
Ante todo aquello Rovento estaba muy asustado, así que con intención de calmar el ambiente, y promovido por su precavida madre, se subió a una silla para que todos lo vieran y lo oyeran bien, con las manos de forma abocinada gritó:
- ¡Hola a todos! ¡Antes que nada me gustaría darles las gracias por venir!
Al oírlo hablar tan bien todos aplaudieron, sacudieron las manos, gritaron piropos exagerados, tiraron confetis y bailaron danzas de la alegría. Todos lo celebraban a pesar de que nadie estaba escuchando lo que el preocupado muchacho decía.
- ¡…no tengo sitio, ni comida para todos!
Al escucharlo otra vez, la gente enfervoreció todavía más, muchas personas mayores sufrieron golpes de calor con sus consecuentes desmayos, también deshidrataciones y bajadas de azúcar. El ayuntamiento del lugar, como preveía la importancia del acto acondicionó una carpa de emergencia con una flota de diez ambulancias.
- ¡Por favor, voy a tener que pedirles amablemente que se vayan!
Fue esta vez, al volver a tomar la palabra cuando la gente ya no pudo más y se abalanzó sobre él. Algunos le daban besos, abrazos, otros intentaban hacerle felaciones en su falo flácido, debido a lo comprometedor de la situación. Todo se complicó cuando empezaron a tirar varios grupos por sus diferentes miembros, dislocándole las extremidades. Como no consiguieron nada, comenzaron a morderlo, mientras otros directamente utilizaban cuchillos jamoneros, navajas y cortaúñas.
La madre del muchacho, impontente gritaba moviendo las manos, pero no pudo evitar que se cebaran finalmente con el pobre Rovento, tiñendo de sangre su desgraciado cumpleaños. Los que pudieron se llevaron de recuerdo su lengua, un dedo, sus testículos, o cualquier otra parte de su desmembrado cuerpo, dejándole a su madre una uña del pie mordisqueada.
El día de su décimo octavo cumpleaños celebró una fiesta para invitar a sus amigos más cercanos. Cual fue su sorpresa cuando vio que la noticia de que festejaba el aniversario de su nacimiento corrió como la pólvora, ya no sólo en su pequeño pueblo, si no en todo el país. Asistieron a su cumpleaños miles de personas, algunos no sabían ni siquiera que se celebraba.
Ante todo aquello Rovento estaba muy asustado, así que con intención de calmar el ambiente, y promovido por su precavida madre, se subió a una silla para que todos lo vieran y lo oyeran bien, con las manos de forma abocinada gritó:
- ¡Hola a todos! ¡Antes que nada me gustaría darles las gracias por venir!
Al oírlo hablar tan bien todos aplaudieron, sacudieron las manos, gritaron piropos exagerados, tiraron confetis y bailaron danzas de la alegría. Todos lo celebraban a pesar de que nadie estaba escuchando lo que el preocupado muchacho decía.
- ¡…no tengo sitio, ni comida para todos!
Al escucharlo otra vez, la gente enfervoreció todavía más, muchas personas mayores sufrieron golpes de calor con sus consecuentes desmayos, también deshidrataciones y bajadas de azúcar. El ayuntamiento del lugar, como preveía la importancia del acto acondicionó una carpa de emergencia con una flota de diez ambulancias.
- ¡Por favor, voy a tener que pedirles amablemente que se vayan!
Fue esta vez, al volver a tomar la palabra cuando la gente ya no pudo más y se abalanzó sobre él. Algunos le daban besos, abrazos, otros intentaban hacerle felaciones en su falo flácido, debido a lo comprometedor de la situación. Todo se complicó cuando empezaron a tirar varios grupos por sus diferentes miembros, dislocándole las extremidades. Como no consiguieron nada, comenzaron a morderlo, mientras otros directamente utilizaban cuchillos jamoneros, navajas y cortaúñas.
La madre del muchacho, impontente gritaba moviendo las manos, pero no pudo evitar que se cebaran finalmente con el pobre Rovento, tiñendo de sangre su desgraciado cumpleaños. Los que pudieron se llevaron de recuerdo su lengua, un dedo, sus testículos, o cualquier otra parte de su desmembrado cuerpo, dejándole a su madre una uña del pie mordisqueada.
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sábado, 19 de febrero de 2011
Baladas de las orillas
La melodía salada
como los marfiles apluman los espejos,
acaricia cada brillo
de los tomates enladrillados,
de las costras arenosas,
de la piel gris…
Comen los caballos
la hierba relinchando,
como bramando disminuidos,
para huir azorados
de los que vienen a ensalitrar
sus corazones.
Entre las piedras
dejan caer sus párpados
para que sus uñas se conviertan
en escamas.
Quieren descansar en el mar
y volverse de madera.
como los marfiles apluman los espejos,
acaricia cada brillo
de los tomates enladrillados,
de las costras arenosas,
de la piel gris…
Comen los caballos
la hierba relinchando,
como bramando disminuidos,
para huir azorados
de los que vienen a ensalitrar
sus corazones.
Entre las piedras
dejan caer sus párpados
para que sus uñas se conviertan
en escamas.
Quieren descansar en el mar
y volverse de madera.
viernes, 11 de febrero de 2011
Fiesta de tierra II
Ensotanada no sólo por fuera,
guiña su hueco a quien se tapió
en las orillas de la oscuridad.
Sus huevas amigas
le provocarán las cosquillas más eternas
para que nunca pare de tocarse la cabeza con los pies.
Es una danza de brazos,
si yo no puedo bailarla
que me aten pies y manos.
Su afilada presencia
clava agujas en la espalda
de una bondadosa muchacha,
creando el movimiento perfecto.
Sus buenas acciones serán recompensadas
con miles de alitas tocando pequeñas trompetas
le acompañarán eternamente en el baile.
Es una danza de piernas,
si yo no puedo cantarla
que me muevan la mandíbula.
Su susurro como las botellas
que tocan el caracol con el culo,
acarician al que nada tiene que perder.
No brincó hasta que los pequeños corazoncitos
le tejieran una corbata hecha con las sobras de su piel.
Ruedan, giran, volterean
por el agua turbia,
mientras un ser invisible, que tampoco necesita ver
dirige los trompos sobre el rio.
guiña su hueco a quien se tapió
en las orillas de la oscuridad.
Sus huevas amigas
le provocarán las cosquillas más eternas
para que nunca pare de tocarse la cabeza con los pies.
Es una danza de brazos,
si yo no puedo bailarla
que me aten pies y manos.
Su afilada presencia
clava agujas en la espalda
de una bondadosa muchacha,
creando el movimiento perfecto.
Sus buenas acciones serán recompensadas
con miles de alitas tocando pequeñas trompetas
le acompañarán eternamente en el baile.
Es una danza de piernas,
si yo no puedo cantarla
que me muevan la mandíbula.
Su susurro como las botellas
que tocan el caracol con el culo,
acarician al que nada tiene que perder.
No brincó hasta que los pequeños corazoncitos
le tejieran una corbata hecha con las sobras de su piel.
Ruedan, giran, volterean
por el agua turbia,
mientras un ser invisible, que tampoco necesita ver
dirige los trompos sobre el rio.
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