Pelar bigotes de galletas,
y barbas de camisa,
añadir desorden en el 3, 2, 1,
o apuesta a féretro cerrado.
Mezclar con entusiasmo
y olvidarlo en un rincón oscuro.
La llamada, los porcentajes
y las alfombras,
todos se transformarán
en balcones en ruinas
pero volverán a convertirse
en mar cada febrero,
y las puertas, desconozco
quien tapió todas las puertas,
pero serán cauterizadas.
La numerología ya nos vaticinó
que vendrían todas ellas
cogiditas de la mano,
porque mis piernas
ya no eran ni siquiera
los dos trocitos de alambre
que amarré a mis muñones.
Triturar pelos de letra mayúscula,
y gafas de cuchillas,
verter luces esterilizadas
o pintura atornillada.
Mezclar con entusiasmo
y olvidarlo en un rincón oscuro.
sábado, 28 de noviembre de 2015
sábado, 21 de noviembre de 2015
sábado, 14 de noviembre de 2015
Descenso violento sin desenlace.
Las enormes pinzas que aparecen de la tierra puntualmente cada miércoles a las seis de la tarde deciden quien vive y quien muere. Su elección se fundamenta estrictamente en el azar.
Me desvisto en los dientes, o me encierro en los nudos.
Caminaban con un extraño rictus
por los rombos, por las puertas y por los ceros.
Eructaban bailes
como las monedas se pasean
a sus anchas por las venas
...y se ahogaban
para intentar mutilarme.
Me desvisto en las tazas,
o me encierro en las teclas.
Las nuevas cruces
serán los cráneos o las luces,
y ellos moverán los brazos como las cuerdas,
moverán las piernas como las cuerdas.
Mis miembros
harán su vida sin mí,
mis órganos
harán su vida sin mí,
mis huesos
harán su vida sin mí.
Los bailarines repartirán cuchillos,
muertes prematuras,
o abrazos.
sábado, 7 de noviembre de 2015
sábado, 31 de octubre de 2015
Transformación de las venas en abrigos
Un disfraz
de rata reptaba hacia mí como un antiguo presagio, y los muertos empezaron a caer de manera
perpendicular, impactando con la cabeza en las aceras, mientras los tambores
vacíos sonaban en las tumbas.
Dejé de
existir en 1865.
Las calles
quedaron repletas de cuerpos, y todos tenían mi cara, por ello tuve que recoger
todos los cadáveres, para evitar confusiones innecesarias.
Las ventanas
en celo llamaban a los pomos, provocando orificios en los colchones de lujo.
Dejé de existir
en 1865.
Al pasar a
la edad adulta los sombreros se convirtieron en las plumas, como los señores
que creían que al dejar de tocar los tambores dejarían de sufrir los problemas bautismales.
No querer, o
no creer,
no creer,
porque las cruces no eran cuerpos, no eran huesos, no eran gusanos, no eran
panes, no eran teclas;
eran hijos
defraudados como
tierras o carnes conquistadas,
en quieren los dioses no creían.
tierras o carnes conquistadas,
en quieren los dioses no creían.
Dejé de
existir en 1865.
sábado, 24 de octubre de 2015
sábado, 17 de octubre de 2015
Encontrarla para destruirme
Bajo la masa fundida
estaba ella, desnuda,
con acordes en los muslos,
cubriendo su sexo.
Sus pechos se multiplicaban
a cada gemido,
como a mí se me descosían
las pupilas,
termitas huérfanas.
Un día se me caerán
los perros de la boca,
porque su piel inversa
y blanca se deshilachaba
en bisagras.
Sus pezones eran llamas diminutas,
y por su espalda resbalaban
conjugaciones
como laberintos de piernas y brazos.
Se ahogaba,
se quemaba
como páginas sin marcar,
en un remolino de dientes.
Un día se me caerán
los perros de la boca,
porque su piel inversa
y blanca se deshilachaba
en enchufes.
Sus labios
emanaban el líquido magnético
que sustituía los dolores
por monedas.
Su pelo se anidaba
porque a mí me engullía
bajo la masa fundida.
estaba ella, desnuda,
con acordes en los muslos,
cubriendo su sexo.
Sus pechos se multiplicaban
a cada gemido,
como a mí se me descosían
las pupilas,
termitas huérfanas.
Un día se me caerán
los perros de la boca,
porque su piel inversa
y blanca se deshilachaba
en bisagras.
Sus pezones eran llamas diminutas,
y por su espalda resbalaban
conjugaciones
como laberintos de piernas y brazos.
Se ahogaba,
se quemaba
como páginas sin marcar,
en un remolino de dientes.
Un día se me caerán
los perros de la boca,
porque su piel inversa
y blanca se deshilachaba
en enchufes.
Sus labios
emanaban el líquido magnético
que sustituía los dolores
por monedas.
Su pelo se anidaba
porque a mí me engullía
bajo la masa fundida.
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