Esas cabezas,
sándwiches de arena, saludan
y forman con saliva
una iglesia en polvo,
en bigotes,
en tosca.
Como picotazos,
las uñas de rumores
flotan en tijeretas
frente a una cruz de aire.
Vuelan corujas
buscando números pares
bajo riscos de tomate,
o cafeteras lanzadoras de cuchillos.
Como picotazos,
las uñas de rumores
flotan en tijeretas
frente a un santo de aire.
Persiguen, siniestras,
los contornos de las campanas,
formadas por hormigas en huelga,
fabricadas por toallas en escorso.
Como picotazos,
las uñas de rumores
flotan en tijeretas
frente a un sacerdote de aire.
El cuchicheo o invocaciones, que hace lanzar
burgados fuera de los pozuelos,
espera ser reconstruido
en eterna eficacia
primitiva.
Como picotazos,
las uñas de rumores
flotan en tijeretas
frente a una iglesia de aire.
sábado, 17 de diciembre de 2011
sábado, 10 de diciembre de 2011
Escrito en do anaranjado.
No me quedará otro remedio, si no adorar a las mariposas que me obligan a mantener relaciones sexuales con ratas enamoradas de cucarachas.
Tan silencioso.
Tan mediano.
Tan inconexo.
Tan lento.
Sólo puedo pensar en cómo las puertas se resquebrajan, dejando que los puñetazos temporales limiten a mis peces metálicos, a mis sombras muertas, a mis estridentes cuerdas…
Tan inarmónico.
Tan obediente.
Tan boquiabierto.
Tan inseguro.
Pero los peces se ahogan, las sombras son degolladas, y las cuerdas… las cuerdas… mejor no hablar de las cuerdas.
Tan patéticamente amargo.
Tan silencioso.
Tan mediano.
Tan inconexo.
Tan lento.
Sólo puedo pensar en cómo las puertas se resquebrajan, dejando que los puñetazos temporales limiten a mis peces metálicos, a mis sombras muertas, a mis estridentes cuerdas…
Tan inarmónico.
Tan obediente.
Tan boquiabierto.
Tan inseguro.
Pero los peces se ahogan, las sombras son degolladas, y las cuerdas… las cuerdas… mejor no hablar de las cuerdas.
Tan patéticamente amargo.
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Llantos sobre yema sin ventanas en un año,
poesía
sábado, 3 de diciembre de 2011
El sueño turbado
A las tres de la madrugada, un golpe seco y ruidoso despertó al señor Quinterillo, su acto reflejo fue coger la escopeta que guardaba debajo de su cama.
- ¿Qué pasa? – preguntó su mujer al notar el sobre salto de su marido.
- He oído algo. Voy a mirar. ¿Quién anda ahí? – preguntó dirigiéndose al intruso.
- Yo. – se oyó una voz al otro lado del pasillo.
- ¡Identifícate o abro fuego, hijo de puta!
- Oiga, sin faltar, qué usted no conoció a mi madre. Vengo en son de paz.
Desde la oscuridad se empezó a formar una figura que llegó hasta el marco de la puerta de la habitación, dejándose dilucidar la silueta negra de un hombre.
- ¿Quién eres?
- Me llamo Paco.
- ¿Paco? – dijo el Señor Quinterillo mirando desconfiado. -¿tu eres Paquito, el hijo de doña Agustina, en paz descanse?
- Si.
- Pues hijo, si, conocía a tu madre y era un poco calentorra.
- ¡Oiga!
- Bueno, hijo. – dijo bajando el arma. - ¿Qué haces?
- Yo es que venía a ver si conseguía algo de dinero, la cosa está muy mal, ya sabe.
- Miguelina, ¿tienes algo suelto para darle al muchacho?
- ¡No! Yo no tengo nada… - dijo saliendo de la cama y pegándose contra el armario, levantando las manos.
- ¿Pero usted también va armada señora? – preguntó al ver un extraño bulto bajo el camisón de la mujer.
- No, es que he tenido un sueño erótico. – se disculpó sonrosada.
- Métete en la cama, que vas enseñando tus encantos por ahí… Bueno, a lo que íbamos ¿cómo entras así en mi casa? ¿Que yo he dado todo por este pueblo y lo único que he conseguido son críticas? He hecho fiestas buenísimas, hago unas comidas exquisitas en mi nuevo chiringuito, luego hago…
- Las comidas las hago yo. – protestó la mujer.
- Bueno… pero si no fuera por mis ideas…
- Oigan, – interrumpió el ladrón – me iban a dar dinero.
- Es verdad, toma unas monedas.
- ¡Gracias!
- ¡Yo no aguanto más! – exclamó una voz que salía del interior de las sábanas, saliendo de ellas luego un señor con un barba engominada. – ¡Qué agobio! ¡Encima en mitad del orgasmo!
- ¿Y usted quién es? – preguntó el señor Quinterillo.
- Yo estaba aquí… ejem, pues… descansando; pero ustedes no paran de hablar, no me dejan dormir. ¡Me voy!
- ¡Oye! – se oyó otra voz desde el interior de las sábanas - ¿y a mí me dejas aquí?
- ¿Y esa voz? – se preguntó el señor Quinterillo.
Una cabeza de un señor negro salió por los laterales de la cama y saludo a la concurrencia, para luego volverse a meter, provocando un murmullo multitudinario bajo la colcha.
- ¡No te vayas! – gritó la mujer.
- ¿Pero Miguelina, tú lo conoces?
- No, pero me da penita, que se vaya así… ¿Quieres tomarte algo?
- No, gracias señora.
- ¿Un refresquito?, ¿un café?, ¿unos dulcitos? ¿algo?
- Si tienen agua congelada, tomaría un trago.
- Lo siento, pero sólo tenemos agua del grifo.
- Entonces no, mejor me voy adiós. – dijo mientras se marchaba con un estrambótico paso arqueado.
- ¿Y tú? – preguntó la señora dirigiéndose al muchacho que venía a robar - ¿Quieres tomar algo?
- No, no, de verdad, muchísimas gracias, con esto ya estoy servido. Espero no haber molestado demasiado y perdonen por el jarrón que usaban de cenicero que he roto.
- ¿Jarrón? ¿Cenicero? Si aquí nadie fuma– preguntó extrañada la mujer.
- Si, el negro con borlas doradas.
- ¡Me cago en…! Esas eran las cenizas de mi madre.
Paco tuvo que salir corriendo de aquella casa, pues el señor Quinterillo lo siguió detrás con su escopeta y con insultos varios.
- ¿Qué pasa? – preguntó su mujer al notar el sobre salto de su marido.
- He oído algo. Voy a mirar. ¿Quién anda ahí? – preguntó dirigiéndose al intruso.
- Yo. – se oyó una voz al otro lado del pasillo.
- ¡Identifícate o abro fuego, hijo de puta!
- Oiga, sin faltar, qué usted no conoció a mi madre. Vengo en son de paz.
Desde la oscuridad se empezó a formar una figura que llegó hasta el marco de la puerta de la habitación, dejándose dilucidar la silueta negra de un hombre.
- ¿Quién eres?
- Me llamo Paco.
- ¿Paco? – dijo el Señor Quinterillo mirando desconfiado. -¿tu eres Paquito, el hijo de doña Agustina, en paz descanse?
- Si.
- Pues hijo, si, conocía a tu madre y era un poco calentorra.
- ¡Oiga!
- Bueno, hijo. – dijo bajando el arma. - ¿Qué haces?
- Yo es que venía a ver si conseguía algo de dinero, la cosa está muy mal, ya sabe.
- Miguelina, ¿tienes algo suelto para darle al muchacho?
- ¡No! Yo no tengo nada… - dijo saliendo de la cama y pegándose contra el armario, levantando las manos.
- ¿Pero usted también va armada señora? – preguntó al ver un extraño bulto bajo el camisón de la mujer.
- No, es que he tenido un sueño erótico. – se disculpó sonrosada.
- Métete en la cama, que vas enseñando tus encantos por ahí… Bueno, a lo que íbamos ¿cómo entras así en mi casa? ¿Que yo he dado todo por este pueblo y lo único que he conseguido son críticas? He hecho fiestas buenísimas, hago unas comidas exquisitas en mi nuevo chiringuito, luego hago…
- Las comidas las hago yo. – protestó la mujer.
- Bueno… pero si no fuera por mis ideas…
- Oigan, – interrumpió el ladrón – me iban a dar dinero.
- Es verdad, toma unas monedas.
- ¡Gracias!
- ¡Yo no aguanto más! – exclamó una voz que salía del interior de las sábanas, saliendo de ellas luego un señor con un barba engominada. – ¡Qué agobio! ¡Encima en mitad del orgasmo!
- ¿Y usted quién es? – preguntó el señor Quinterillo.
- Yo estaba aquí… ejem, pues… descansando; pero ustedes no paran de hablar, no me dejan dormir. ¡Me voy!
- ¡Oye! – se oyó otra voz desde el interior de las sábanas - ¿y a mí me dejas aquí?
- ¿Y esa voz? – se preguntó el señor Quinterillo.
Una cabeza de un señor negro salió por los laterales de la cama y saludo a la concurrencia, para luego volverse a meter, provocando un murmullo multitudinario bajo la colcha.
- ¡No te vayas! – gritó la mujer.
- ¿Pero Miguelina, tú lo conoces?
- No, pero me da penita, que se vaya así… ¿Quieres tomarte algo?
- No, gracias señora.
- ¿Un refresquito?, ¿un café?, ¿unos dulcitos? ¿algo?
- Si tienen agua congelada, tomaría un trago.
- Lo siento, pero sólo tenemos agua del grifo.
- Entonces no, mejor me voy adiós. – dijo mientras se marchaba con un estrambótico paso arqueado.
- ¿Y tú? – preguntó la señora dirigiéndose al muchacho que venía a robar - ¿Quieres tomar algo?
- No, no, de verdad, muchísimas gracias, con esto ya estoy servido. Espero no haber molestado demasiado y perdonen por el jarrón que usaban de cenicero que he roto.
- ¿Jarrón? ¿Cenicero? Si aquí nadie fuma– preguntó extrañada la mujer.
- Si, el negro con borlas doradas.
- ¡Me cago en…! Esas eran las cenizas de mi madre.
Paco tuvo que salir corriendo de aquella casa, pues el señor Quinterillo lo siguió detrás con su escopeta y con insultos varios.
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relatos breves escritos en tinta de orina
sábado, 26 de noviembre de 2011
sábado, 19 de noviembre de 2011
Calles sazonadas bajo el sotavento
Salí corriendo
ahuyentado por el cielo
gritando.
Comían con entusiasmo
las esquinas
de los zócalos.
¡Dejen de besar el suelo!
Erizo de yemas machacado
bajo las restricciones
de pan anterior.
Apetitosa merienda
que insultaba
amarga.
¡Dejen de besar el suelo!
Sólo pude marcharme
dejando detrás
las carnes convertidas en calles.
Salí corriendo
ahuyentado por el suelo,
gritando.
ahuyentado por el cielo
gritando.
Comían con entusiasmo
las esquinas
de los zócalos.
¡Dejen de besar el suelo!
Erizo de yemas machacado
bajo las restricciones
de pan anterior.
Apetitosa merienda
que insultaba
amarga.
¡Dejen de besar el suelo!
Sólo pude marcharme
dejando detrás
las carnes convertidas en calles.
Salí corriendo
ahuyentado por el suelo,
gritando.
sábado, 12 de noviembre de 2011
Lenta letanía de carne triturada.
Me he observado admirando la belleza efímera que pueden llegar a tener los enchufes con medias;
En un zócalo con hambre
de firmas dejé el vaso
esperando su evaporación.
Las albóndigas carnívoras se apelotonan en las esquinas, como el ejército de llagas divinas.
Descuartizarán mis bombillas
en los días como años.
sólo
transmitirán
los besos que ya dieron a un mundo de calavera, como si todo fuera absorbido por cerraduras intolerantes al gluten.En un zócalo con hambre
de firmas dejé el vaso
esperando su evaporación.
La desnudez eterna
se alimenta de piel.Las albóndigas carnívoras se apelotonan en las esquinas, como el ejército de llagas divinas.
Descuartizarán mis bombillas
en los días como años.
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Llantos sobre yema sin ventanas en un año,
poesía
viernes, 4 de noviembre de 2011
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