¿Qué pasaría si le dieran un lápiz a un desequilibrado mental?

sábado, 21 de mayo de 2016

Caramelos como pasillos de castillos medievales.

Maquillaban a los muertos en las calles y nadie se quejaba. Era la veneración mediante la ridiculización de los que ya no están. Los bancos se llenaban de fallecidos con las caras de colores.
El mago se sacaba                   El arlequín gritaba
huesitos de niño                      las dentaduras
 de la boca                             de los drogadictos
y de la chistera                       que se quisieron
una rata.                                y murieron.
Tenía de nacimiento los ojos hinchados por los golpes, y se pensaba que sus manos eran cebollas. Las tripas querían huir desde el primer momento y convertirse en una imagen de Horace Walpole. Las piernas no respondían, se desdoblaban imitando a la mantequilla, porque las pistolas de juguete se disparaban solas.
Había llegado mi hora,
         y por la ventana escuchaba
                   mi antiguo nombre escupido
                            por los cráneos de las reces,
                                      y los niños sucios, exprimidos
                                               por miles de naranjas maduras,
                                                        aullaban mi condena infinita.

sábado, 14 de mayo de 2016

Maneras de despertar después de un trance traumático.

Bostezar o tirarse en paracaídas,
respirar o afeitarse las encías,
escribir o convertirse en un asesino en serie,
porque todo debe ser una cuestión de claves de acceso.
En el proceso de selección entra en juego el azar y la escucha de conversaciones ajenas fragmentadas; no vale por lo tanto conocer al individuo, participar en la conversación de manera activa o recíproca, o incluir dos veces a los mismos participantes.
Aquella niña
me enseñó
que en caso de emergencia
podía arrancarme los dientes
y usarlos con el tirachinas;
sólo así se podía
vencer al señor del disfraz de rata.
Sudar o tirarse sin paracaídas,
cantar o afeitarse las pupilas,
narrar o matar brutalmente a un inocente.

Aquel maniático besaba la tierra, lamía el suelo, olisqueaba los rincones, nos buscaba, pero sonaron las trompetas de la muerte. Conseguimos huir gracias a las técnicas de escapismo ancestral.  La suerte se nos presentaba en forma de vaca de porcelana destruida por las mucosidades de los desorientados.

sábado, 7 de mayo de 2016

Las sustancias de las juntas de las ventanas.

Entré en aquel lavabo público que estaba completamente descuidado, la suciedad lo inundaba todo, unas manchas sospechosas recorrían los azulejos de las paredes. Allí había quedado para comprar una sustancia que me devolvería la inspiración que había perdido. En uno de los cubículos se comenzaron a escuchar unos golpes que iban en aumento. Vómito. Sabía que los zapatos llenos de cenizas me esperaban en la esquina. Vómito. Las máscaras antiguas me juzgaron, por no ser calaveras. Vómito. Los niños con las caras tecladas volvieron con sus esponjitas en la mano y las naranjas en los bolsillos. Vómito. Florecieron otra vez los hocicos de los perros enterrados.
...y me quedé tumbado,
sin enterarme de nada,
porque no podía moverme.

sábado, 30 de abril de 2016

Tazas de raticida con dos terrones de azúcar.

Los recuerdos de mis vidas anteriores surgían de una trompeta como dados lanzados con fuerza.
Lo tomaba bien caliente.
Desde el sótano, los pasos sonaban como puñaladas, y todo parecía extrañamente cerca. Se desabrochó la gabardina y me mostró que no llevaba nada más, entonces recurrí a La necesidad de cavar. Me invitó a fumar de su pipa, rechacé su invitación, y me obligó a fumar de su pipa.
Su piel
era
como la de cualquier
animal
marino.
Lo tomaba bien caliente.
Yo, por mi parte, desconocía hasta el momento que de las botellas de licor salían pequeños murciélagos que revoloteaban al rededor de los zapatos de niños perdidos. Era el payaso poseído por sus demonios el que celebraba las supersticiones de los troncos.
Se escondía en un disfraz ridículo,
porque temía tropezar, y tener que barajar el mazo de nuevo.
Se escondía en un disfraz ridículo,
porque odiaba las voces demasiado agudas.
Lo tomaba bien caliente.
No era así. No era así. No era así. No era así.
Comía tierra,
rezaba a dioses inexistentes,
argumentaba su propia muerte,

o sorteaba su ropa interior.

sábado, 16 de abril de 2016

Bocadillos de panderetas


(ahogamiento en una rueda de acordes agudísimos)

Levantaba las manos,
invocaba a las esponjas por error, creía que llamaba a los pasajes idílicos, pero eternizaba las amarras.
El poder líquido
se clavaba como un taladro en la espalda, porque caminar hacia atrás no va a salvar a nadie.
La frase descontextualizada nos transporta directamente al hospital psiquiátrico, al demente que en su alteración psíquica lanza frases exentas de sentido, pero con una veracidad espeluznante. Debemos reconocer que esta naturalidad con la que interactúan es lo que provoca un rechazo social, pero que al mismo tiempo nos fascina. La parte de nosotros que quiere seguir perteneciendo al grupo social nos incita a hacer todo aquello que la sociedad acepta, aunque no lo entendamos o para nosotros no tenga ningún sentido. Por este motivo, los que no se someten a las leyes de socialización acaban marginados, confinados en centros psiquiátricos, o encerrados en sí mismos debido a los medicamentos, todo ello con la intención de que no interfiera en la vida de los demás.
Cantaba como cantan los muertos, y perdía los dedos como las monedas sonaban en una lata de aceitunas, porque era una cuestión de aferrarse a la vida.
El teléfono
solitario
sonaba,
eran las puertas,
las luces y
los calcetines;
todos sonaban en el circo.
Desde que nací, añoraba la vejez, la muerte y luego añoré mi tumba, mi lápida, incluso mi entierro. Quería un tanatorio copioso, pero sé que me enterrarán disfrazado de payaso.
La estrategia
era muy clara,
pero seguía viendo rabos de rata en las cerraduras.
Cantaba como cantan los muertos, y perdía los dedos como las monedas sonaban en una lata de aceitunas, porque era una cuestión de aferrarse a la vida.

sábado, 9 de abril de 2016

La fiebre humana

Los síntomas eran anunciados en los periódicos nacionales, en algunos internacionales y en las notas de amor entre adolescentes del siglo XVIII; pero los bigotes lo ignoraban, incluso con los párpados enfrente pensaban que los suspiros eran sólo los estigmas de una época dorada.
Yo paseaba lánguidamente esperando una resurrección de mis piernas mutiladas, pero temía que crecieran en el lugar incorrecto, temía que no crecieran las dos iguales, temía que se las volvieran a llevar. Por eso, al menor movimiento que supusiera un crecimiento arrancaba el gajo.
...con sus 87 deditos contaba las monedas con minuciosa rapidez.
¡Señor!
¡Un, dos, tres!
Una cerradura de escalinatas
crecía tímidamente en mi coronilla,
señal de fracaso y aterrizaje;
señal de caída y atasco. 

La megafonía eran los hocicos desconocidos y el señor que se comía las páginas de sucesos de su periódico lo sabía. En el camino a casa me encontraba bigotitos de papel y los pegaba en mis muñones. Las acacias dejaban de formar hileras y se tiraban al suelo, fingiendo desmayos ¿Que más podría pedir? Yo, sin embargo, envidiaba el planteamiento vital de los caracoles; sus chuletas, sus toallas y su succión, que eran reconocidos gradualmente.

sábado, 2 de abril de 2016

Rostros serenos

Escuchaba el cantar
de los sombreros,
la sonata de los sexos marchitos
y aun así sentía las penas de 1865.
Avanzaba por unas escaleras infinitas, mientras sus ojos clavados en mi nuca me juzgaban. Tenía deseos con lo que me encontraría al final, pero sospechaba lo que me esperaba.
Las gabardinas, los rabos,
las pipas, los bigotes
parecían no existir.
Un niño con voz
tosca auguraba mi futuro
y se llevaba mis miembros
en una maleta de viaje.
Una lluvia de dientes caía sobre mí, provocando un trágico final, o un grito desesperado. No tenía cara, y por eso prefería sentir los candados, o los remolinos de toallas en las adversidades del despertar.
Las gabardinas, los rabos,
las pipas, los bigotes
parecían no existir.